La semana pasada me impresionó escuchar cómo una niña de 12 años le pedía a su madre ir al mall el fin de semana. Le decía que necesitaba comprar -con un tono de necesidad casi real- y que si ella no la llevaba, se lo pediría a su tía, quien sí le compra todo lo que quiere. La conversación terminó con el llanto desconsolado de la niña cuando la mamá le dijo que no tenía plata para comprar. La escena la evoco porque hoy es el día de la tierra ¿Qué tiene que ver?… Mucho.

Déjeme contarle que si la población sigue creciendo, seguimos usando los combustibles fósiles como forma de generación de energía para la producción y transporte y, sobre todo, si seguimos promoviendo el consumo como valor en las personas; estamos sembrando mayores y mejores condiciones para la catástrofe planetaria, tenemos un problema, y se llama Cambio Global.

Los desafíos que hoy plantean a la humanidad las problemáticas asociadas al cambio global generan un escenario de encrucijadas, determinantes de las condiciones de nuestro futuro conjunto. El cambio climático es el factor más conocido del problema del Cambio Global, pero está mucho más allá de éste: la pérdida de biodiversidad, los cambios de uso de suelo, los problemas de disponibilidad de agua dulce, la contaminación por nitrógeno y fósforo, el daño en la capa de ozono y la acidificación del océano son algunos de los factores del problema, ampliamente estudiados por científicos y sobre los que tenemos voz de alerta (IPCC, 2013; Rockstrom, J, 2009). Y también lo son la pobreza y la desigualdad social: así como se devasta entornos naturales, también se devasta entornos humanos.

El cambio climático es resultado de la acumulación de gases que son generados por nuestras problemáticas formas de producción, que construyen una capa equivalente al plástico de un invernadero; esto produce un aumento de la temperatura promedio del planeta –aunque algunas zonas aumentan de temperatura, otras se enfrían-, causando mayor evaporación –potenciada por la deforestación- y con ello alteraciones en el ciclo hídrico modificando los patrones de lluvia -llueve más, o llueve en lugares o temporadas donde no llovía- pero también dando origen a deshielos en las aguas dulces congeladas provocando un aumento en el nivel del mar. Esto, aparejado a nuestros cambios de uso de suelo y la consecuente fragmentación de hábitats por la explotación del bosque, la ganadería, la agricultura y el crecimiento de ciudades; generan una pérdida de biodiversidad y de retención de agua en el suelo, trayendo consigo problemas de deslizamientos de tierra, erosión de suelo, vaciamiento de napas subterráneas resultando en problemas de disponibilidad de agua dulce.

Las anteriores, son algunas de las relaciones de este enmarañado problema del cambio global, y es que el entramado de relaciones que sostiene la vida en el planeta es complejo, y está mucho más allá de lo que vemos y conocemos. Este balance de relaciones está puesto en peligro por nuestras formas de producción y consumo. Necesitamos otra forma de vinculación. El horizonte de desarrollo que pone la expectativa en un mayor nivel de ingresos -y por lo tanto consumo- entra en conflicto con un planeta finito en las actuales condiciones de producción; así, por ejemplo, si la población mundial alcanzara el estándar de consumo de un ciudadano estadounidense necesitaremos cinco planetas, aproximadamente.

Hace más o menos 40 años tenemos evidencia científica suficiente para saber que estos problemas no se resolverán por la vía científico-tecnológica: se requiere urgentemente generar nuevos acuerdos de vida en comunidad, evidenciando que debemos avanzar desde el conocimiento científico a la responsabilidad ética de la convivencia con el entorno. La educación para el desarrollo armónico con el entorno se vuelve urgente.

De esta forma, la formación y fortalecimiento de la acción ciudadana es urgente: ¿cómo vivimos juntos en un planeta finito?

Mi invitación primera es a tomar conciencia de la condición cíclica de la vida, rompiendo la linealidad predominantemente instalada por la occidentalización de nuestro pensamiento. Tomar conciencia de nuestro lugar en relación al entorno y todas las especies y elementos que sostienen este delicado balance de condiciones para la vida en la tierra; porque, finalmente, la tierra somos todos.

Javiera Roa Infante, Trabajadora Social

Directora Alterna